inercia
Todas las mañanas se levantan tempranito, se desayunan, se lavan los dientes, alguno que otro se baña (el orden de los factores no altera al producto, algunos empiezan por lavarse los dientes, otros por desayunar, otres desayunan pasta de dientes, otros se bañan en café con leche), y salen de las casas, casi por inercia. Algunos prefieren decirle rutina, pero el señor de la silla estaba seguro que era pura inercia.
Abrir puerta, salir, cerrar puerta, media vuelta, y a caminar. El señor de la silla los veía todas las mañanas salir, todas y cada una de ellas, los veía salir, y dejar pequeños paquetes de vida en las baldosas que pisaban. A veces se levantaba y los seguía a la par, caminando a su mismo ritmo, unos metros atrás, o unos metros al costado, cualquiera de los dos (o infinitos(o finitos)) lados; pero nunca llegaba más allá de los 30 metros, aproximadamente. Ahí es cuando empezaba a dolerle el cuerpo.
Resulta que el señor de la silla tenía bastantes años más de edad. En otras palabras: le quedaba menos vida. De esta manera, mientras los treintañeros/cuarentones bien trajeados limpios y con la cabeza engominada, iban dejando en las baldosas cantidades de vida para ellos ínfima, pero a pesar de que se evaporase esa vida, al momento en que el señor de la silla quería pisar cada una de esas baldosas, éstas le exigían la misma cantidad de energía, dejándolo cuasi muerto. Por eso decidía volver a su silla y ganar vida, sentado, aburrido, sin nada que hacer o decir o querer o comer o cantar.
Al final, terminó muriendo como un vegetal.
Los señores siguen en su inercia matutina todas las matutinas mañanas.
Muy bello relato.
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